Latest News : From in-depth articles to actionable tips, we've gathered the knowledge you need to nurture your child's full potential. Let's build a foundation for a happy and bright future.

Mi amigo entra a la secundaria y tiene miedo por ser gordito: cómo ayudarlo antes de que empiecen las burlas

Family Education Eric Jones 7 views

Mi amigo entra a la secundaria y tiene miedo por ser gordito: cómo ayudarlo antes de que empiecen las burlas

Me lo contaron un jueves en el estacionamiento del colegio, cuando el portón ya se había cerrado y los gritos de los niños quedaban dentro. Mariana me detuvo con el peine todavía en la mano, de esos que se usa para deshacer nudos a las hijas. Me dijo que su hijo, Mateo, tiene un amigo del alma que entra a la secundaria en marzo. “Y el viernes pasado, cuando estaba por dormir, me dijo: ‘Mami, ¿qué le digo a Nico? Está asustado porque es gordito y dice que allá todos se van a reír de él’”.

Me lo dijo rápido, como si hablar rápido la protegiera de pensar en el nudo que tenía en la garganta. Y yo ese día iba tarde, pero no me fui. Porque uno recibe ese tipo de preguntas en el momento menos preparado, y si las esquiva, el niño las deja de hacer.

Mateo no tenía miedo por sí mismo. Tenía miedo por Nico, y también tenía miedo de no saber qué hacer con ese miedo. Eso es algo que les pasa a los preadolescentes: sienten la lealtad como una obligación y la impotencia como una culpa. Quieren ser el amigo de verdad, el que responde algo inteligente, y no tienen ni idea de qué decir. Nosotros tampoco, la verdad. Pero podemos acompañarlos a pensarlo.

Lo primero que hicimos Mariana y yo fue no inventar una respuesta para que Mateo le diera a Nico. Porque una frase bonita dicha por otro no sirve. Mateo necesita sentirse capaz de estar al lado de su amigo, no que su mamá le dicte un discurso. Así que le propuse a Mariana algo muy concreto: en vez de decirle a Mateo “decile que no pasa nada”, ayudarlo a preguntarle a Nico qué es exactamente lo que le da miedo.

Porque hay miedos distintos. No es lo mismo tener miedo de que te miren en el vestuario que tener miedo de que te empujen en el recreo, que tener miedo de subir a la combi, que tener miedo de que un profe te pese delante de todos. A los chicos les cuesta ponerle palabra a eso. Y el miedo se hace más grande cuando es una nube entera. Si Nico dice “tengo miedo porque soy gordito”, esa frase puede estar escondiendo cinco miedos diferentes. Mateo no tiene que resolverle nada, pero puede hacerle una pregunta simple, de esas que hacen los buenos amigos cuando todavía no saben ser psicólogos: “¿Qué es lo peor que pensás que va a pasar?”.

A veces, solo con decirlo en voz alta, el miedo se achica. Y a veces, también, se descubre que no es miedo a la burla, es miedo a no hacer amigos. Son proyectos de solución bien distintos.

Lo segundo que hablamos es lo que yo haría en casa, si esto fuera mi hijo. Algunos adultos caemos en dos extremos: o minimizamos (“no van a decir nada, dejá de pensar bobadas”) o nos ponemos dramáticos (“si alguien te molesta, vas a ver cómo yo hablo con la directora”). Los dos tienen un problema parecido: le sacan al niño la posibilidad de manejar la situación. No lo dejan practicar.

Lo que funciona más o menos bien, y que he visto en aulas y en charlas de padres, es el ensayo de respuesta. No en serio, no como un acto de teatro. Sino como cuando le enseñás a un nene a cruzar la calle: primero lo hacés con él, después lo hace solo. Una frase corta que Nico pueda tener guardada para el momento. No tiene que ser graciosa ni genial. Tiene que ser digna y un poco aburrida. Por ejemplo: “No me interesa tu opinión” o “Ok, y después?”. O lo clásico: “Mirá, estás ocupado con mi cuerpo, yo estoy ocupado con otra cosa”. Lo importante es que sea una frase que Nico sienta suya, y que la pueda decir sin que se le quiebre la voz. Para eso hay que practicarla en voz alta varias veces, no con burla, sino con calma, como quien ensaya una exposición.

Mariana me dijo: “¿Y si Mateo se la quiere aprender para enseñársela?”. Le dije que no. Mateo no es el que la necesita. Pero Mateo puede ofrecerse a escuchar a Nico practicar. Eso es un regalo enorme. Un amigo que te presta su oreja para que digas una frase estúpida quince veces hasta que deje de sonarte estúpida. Es muy difícil hacer eso si tú mismo no tienes a alguien que te escuche practicar tu propia frase. Porque todos nosotros, a los cuarenta años, todavía necesitamos eso.

Otra cosa práctica que puede hacer Mateo, y que vale oro en secundaria, es ser el que cuenta dónde está todo. A Nico no le asusta el gimnasio, le asusta no saber cómo funciona. La secundaria está llena de códigos nuevos: qué se puede llevar en el bolso, cómo es el recreo, si los mayores te sacan el lugar, dónde está el baño menos transitado, si el profe de educación física hace pesarse a los alumnos al inicio. Ese tipo de información, que parece pequeña, es la que reduce la ansiedad. Mateo puede ir a la escuela con Nico un día antes de que empiecen las clases. Caminar por los pasillos vacíos. Buscar la puerta del aula. Sentarse un minuto en un banco. Eso no elimina el miedo, pero lo vuelve un poco más manejable. Porque el monstruo desconocido es más monstruo que el conocido.

Pasé mucho tiempo pensando en qué le diría yo directamente a Nico si fuera mi sobrino. Y creo que lo más honesto sería: “No sé si te van a molestar. Sería mentira decirte que no. Pero no te voy a decir que estés tranquilo porque no hay nada de qué preocuparse. Lo que te puedo decir es que hay cosas que se pueden hacer, y que no tenés que hacerlas solo”.

Ese es el punto, me parece. Muchos adultos creen que proteger a un niño es prometerle que no le va a pasar nada. Pero los chicos ya saben que no es cierto. Saben que el mundo a veces es feo. Lo que necesitan es saber que hay un plan, alguien que va a estar cerca y alguna herramienta para no caerse redondo.

También hablamos de la familia de Nico. Mariana me dijo que no debería meterse, que no es su lugar. Y hasta cierto punto tienes razón. Pero si Mateo está muy preocupado, una opción es que él mismo se lo comente a sus padres, y que esos padres hablen con los padres de Nico. No para decirles “tu hijo está gordo y lo van a molestar”. Eso sería horrible. Sino para decirles: “Mateo me contó que Nico está nervioso por empezar la secundaria. Nosotros vamos a hacer un intento de ir a conocer la escuela. ¿Les gustaría que fuéramos todos juntos?”. Así no aparece como una intervención por el peso, sino como un plan de entrada a la escuela. Eso los padres lo entienden.

Y me quedé pensando en Mateo. Es fácil que un amigo que quiere ayudar se ponga en el lugar de salvador. A esa edad, creen que si su amigo llora, ellos tienen que hacer algo drástico, o van a fallar como amigos. Hay que aligerar también esa carga. Decirle: “Tu trabajo no es que Nico nunca se sienta triste. Tu trabajo es sentarte al lado cuando esté triste”. Eso se lo dije a Mariana casi textual. Se le aflojó la cara. Me parece que era lo que ella necesitaba escuchar también, porque todas las mamás queremos tener el control de la felicidad de nuestros hijos.

No sé cómo va a terminar esta historia. No sé si Nico llorará los primeros días o si encontrará un grupo de fútbol y no le importará nada. Tampoco sé si Mateo logrará acompañarlo sin agotarse. Mariana me dijo que le iba a comprar a Mateo un cuaderno por si quería escribirle mensajes a Nico, algo así. Me pareció bueno. A veces los chicos dicen por escrito lo que no se atreven a decir en persona. A veces también lo leen en voz alta y se les olvida que tenían miedo.

Lo que sí tengo claro es que no hace falta tener la respuesta perfecta. Hace falta estar. Como estuvo Mariana ese jueves, con el peine en la mano y la pregunta en la boca. Como va a estar Mateo, probablemente torpe, diciendo “bueno, sí, seguramente va a estar todo bien, o no sé”, que es una respuesta de amigo de verdad.

Please indicate: Thinking In Educating » Mi amigo entra a la secundaria y tiene miedo por ser gordito: cómo ayudarlo antes de que empiecen las burlas